Un negocio no se pierde por lo que no sabe. Se pierde por lo que nadie alcanzó a anotar: el pago que se dio por recibido, la hora que se calculó de memoria, el equipo que quedó esperando a que alguien pudiera ir.
Por eso los tres empiezan mirando, no diseñando. Mirando una empresa y sus puntos de venta por dentro: dónde se va el tiempo, dónde se escapa el dinero, y qué tiene que recordar una persona porque el sistema no lo recuerda por ella.
Ninguno promete transformar un negocio. Prometen algo más pequeño y más difícil: que a las ocho de la noche las cuentas den.